Encuentros con la Palabra
Domingo XXX del tiempo ordinario – Ciclo C (Lucas 18, 9-14) – 28 de octubre de 2007
“(...) por considerarse justos, despreciaban a los demás”
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
Cuentan que un hombre que iba creciendo en su vida espiritual, llegó un momento en el que se dio cuenta de que era santo... En ese mismo instante, retrocedió todo el camino que había recorrido y tuvo que volver a comenzar desde cero. Cuando una persona va trabajando intensamente en su proceso de crecimiento espiritual, tiene que cuidarse de dos amenazas: la primera es perder la esperanza y pensar que nunca va a alcanzar la meta. La segunda, no menos peligrosa, es pensar que ya llegó. Las dos situaciones son igualmente nocivas. Ambas producen un estancamiento en el camino espiritual.
La parábola que Jesús nos cuenta este domingo, fue dicha para “algunos que, seguros de sí mismos por considerarse justos, despreciaban a los demás”. Dice Jesús que “dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, malvados y adúlteros, ni como ese cobrador de impuestos. Yo ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano’. Pero el cobrador de impuestos se quedó a cierta distancia, y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Dos actitudes que representan formas distintas de presentarse ante Dios. La primera, del que se siente justificado y seguro; cree que su comportamiento corresponde al plan de Dios; esta persona piensa que no necesita crecer más; tal como está, merece el premio para el cual ha venido trabajando intensamente. La segunda, del que se siente en camino, con muchas cosas por mejorar; se sabe necesitado de Dios y de su gracia; se sabe incompleto, en construcción.
La conclusión de Jesús es que el “cobrador de impuestos volvió a su casa ya justo, pero el fariseo, no. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”. Esta es la lógica del reino de Dios. Una lógica que contradice nuestra manera de pensar. Hay que reconocer que es bueno ser conscientes de nuestros avances y logros; ciertamente, es sano saber que nos comportamos bien y que nuestra manera de obrar está de acuerdo con el plan de Dios. Todo esto coincide con una sana autoestima, tan valorada recientemente por algunas corrientes psicológicas. Pero no debemos olvidar que esta actitud puede llevarnos a perder de vista lo que nos falta por avanzar en el propio camino espiritual; y, por otro lado, puede producir una actitud de desprecio por aquellos que, por lo menos aparentemente, van un poco más atrás.
Por otra parte, si vivimos en la verdad, reconociendo nuestros propios límites, sabiendo que no estamos terminados, tendremos siempre la alternativa del crecimiento; podremos avanzar siempre más adelante. Cuando acogemos nuestra frágil humanidad, en toda su complejidad de luces y sombras, y somos conscientes de nuestros defectos, comienza en ese mismo momento a generarse el proceso de la sanación interior. No hay sanación que no pase por el propio reconocimiento del límite. Esto supone mantener siempre activa la esperanza para seguir caminando, aunque todavía sintamos que nos falta mucho para llegar al final de nuestro crecimiento espiritual. Tan peligroso para nuestra vida es dejar de caminar, como pensar, antes de tiempo, que ya llegamos.
* Sacerdote jesuita, Director del Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios (CIRE)
Página WEB del CIRE: http://www.cire.org.co/
Nota: Si quieres recibir semanalmente estos “Encuentros con la Palabra”, puedes escribir a mailto:herosj@hotmail.com pidiendo que te incluyan en este grupo.
miércoles, 24 de octubre de 2007
martes, 23 de octubre de 2007
MIERCOLES 24 DE OCTUBRE
Día litúrgico: Miércoles XXIX del tiempo Ordinario
Texto del Evangelio (Lc 12,39-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.
»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».
Comentario: Rev. D. Josep Lluís Socías i Bruguera (Badalona-Barcelona, España)
«Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre»
Hoy, con la lectura de este fragmento del Evangelio, podemos ver que cada persona es un administrador: cuando nacemos, se nos da a todos una herencia en los genes y unas capacidades para que nos realicemos en la vida. Descubrimos que estas potencialidades y la vida misma son un don de Dios, puesto que nosotros no hemos hecho nada para conseguirlas. Son un regalo personal, único e intransferible, y es lo que nos confiere nuestra personalidad. Son los “talentos” de los que nos habla el mismo Jesús (cf. Mt 25,15), las cualidades que debemos hacer crecer a lo largo de nuestra existencia.
«En el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 20,40), acaba diciendo Jesús en el primer párrafo. Nuestra esperanza está en la venida del Señor Jesús al final de los tiempos; pero ahora y aquí, también Jesús se hace presente en nuestra vida, en la sencillez y la complejidad de cada momento. Es hoy cuando, con la fuerza del Señor, podemos vivir su Reino. San Agustín nos lo recuerda con las palabras del Salmo 32,12: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor», para que podamos ser conscientes de ello, formando parte de esta nación.
«También vosotros estad preparados» (Lc 12,40), esta exhortación representa una llamada a la fidelidad, la cual nunca está subordinada al egoísmo. Tenemos la responsabilidad de saber “dar respuesta” a los bienes que hemos recibido junto con nuestra vida. «Conociendo la voluntad de su señor» (Lc 12,47), es lo que llamamos nuestra “conciencia”, y es lo que nos hace dignamente responsables de nuestros actos. La respuesta generosa por nuestra parte hacia la humanidad, hacia cada uno de los seres vivos, es algo justo y lleno de amor.
Texto del Evangelio (Lc 12,39-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.
»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».
Comentario: Rev. D. Josep Lluís Socías i Bruguera (Badalona-Barcelona, España)
«Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre»
Hoy, con la lectura de este fragmento del Evangelio, podemos ver que cada persona es un administrador: cuando nacemos, se nos da a todos una herencia en los genes y unas capacidades para que nos realicemos en la vida. Descubrimos que estas potencialidades y la vida misma son un don de Dios, puesto que nosotros no hemos hecho nada para conseguirlas. Son un regalo personal, único e intransferible, y es lo que nos confiere nuestra personalidad. Son los “talentos” de los que nos habla el mismo Jesús (cf. Mt 25,15), las cualidades que debemos hacer crecer a lo largo de nuestra existencia.
«En el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 20,40), acaba diciendo Jesús en el primer párrafo. Nuestra esperanza está en la venida del Señor Jesús al final de los tiempos; pero ahora y aquí, también Jesús se hace presente en nuestra vida, en la sencillez y la complejidad de cada momento. Es hoy cuando, con la fuerza del Señor, podemos vivir su Reino. San Agustín nos lo recuerda con las palabras del Salmo 32,12: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor», para que podamos ser conscientes de ello, formando parte de esta nación.
«También vosotros estad preparados» (Lc 12,40), esta exhortación representa una llamada a la fidelidad, la cual nunca está subordinada al egoísmo. Tenemos la responsabilidad de saber “dar respuesta” a los bienes que hemos recibido junto con nuestra vida. «Conociendo la voluntad de su señor» (Lc 12,47), es lo que llamamos nuestra “conciencia”, y es lo que nos hace dignamente responsables de nuestros actos. La respuesta generosa por nuestra parte hacia la humanidad, hacia cada uno de los seres vivos, es algo justo y lleno de amor.
lunes, 22 de octubre de 2007
MARTES 23 DE OCTUBRE
Día litúrgico: Martes XXIX del tiempo Ordinario
Texto del Evangelio (Lc 12,35-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!».
Comentario: Rev. D. Miquel Venque i To (Barcelona, España)
«Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda»
Hoy es preciso fijarse en estas palabras de Jesús: «Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran» (Lc 12,36). ¡Qué alegría descubrir que, aunque sea pecador y pequeño, yo mismo abriré la puerta al Señor cuando venga! Sí, en el momento de la muerte seré yo quien abra la puerta o la cierre, nadie podrá hacerlo por mí. «Persuadámonos de que Dios nos pedirá cuentas no sólo de nuestras acciones y palabras, sino también de cómo hayamos usado el tiempo» (San Gregorio Nazianceno).
Estar en la puerta y con los ojos abiertos es un planteamiento clave y a mi alcance. No puedo distraerme. Estar distraído es olvidar el objetivo, querer ir al cielo, pero sin una voluntad operativa; es hacer pompas de jabón, sin un deseo comprometido y evaluable. Tener puesto el delantal significa estar en la cocina, preparado hasta el último detalle. Mi padre, que era agricultor, decía que no se puede sembrar si la tierra no está a punto; para hacer una buena siembra hay que pasearse por el campo y tocar las semillas con atención.
El cristiano no es un náufrago sin brújula, sino que sabe de dónde viene, a dónde va y cómo llegar; conoce el objetivo, los medios para ir y las dificultades. Tenerlo en cuenta nos ayudará a vigilar y a abrir la puerta cuando el Señor nos avise. La exhortación a la vigilancia y a la responsabilidad se repite con frecuencia en la predicación de Jesús por dos razones obvias: porque Jesús nos ama y nos “vela”; el que ama no se duerme. Y, porque el enemigo, el diablo, no para de tentarnos. El pensamiento del cielo y del infierno no podrá distraernos nunca de las obligaciones de la vida presente, pero es un pensamiento saludable y encarnado, y merece la felicitación del Señor: «Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!» (Lc 12,38). Jesús, ayúdame a vivir atento y vigilante cada día, amándote siempre.
Texto del Evangelio (Lc 12,35-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!».
Comentario: Rev. D. Miquel Venque i To (Barcelona, España)
«Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda»
Hoy es preciso fijarse en estas palabras de Jesús: «Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran» (Lc 12,36). ¡Qué alegría descubrir que, aunque sea pecador y pequeño, yo mismo abriré la puerta al Señor cuando venga! Sí, en el momento de la muerte seré yo quien abra la puerta o la cierre, nadie podrá hacerlo por mí. «Persuadámonos de que Dios nos pedirá cuentas no sólo de nuestras acciones y palabras, sino también de cómo hayamos usado el tiempo» (San Gregorio Nazianceno).
Estar en la puerta y con los ojos abiertos es un planteamiento clave y a mi alcance. No puedo distraerme. Estar distraído es olvidar el objetivo, querer ir al cielo, pero sin una voluntad operativa; es hacer pompas de jabón, sin un deseo comprometido y evaluable. Tener puesto el delantal significa estar en la cocina, preparado hasta el último detalle. Mi padre, que era agricultor, decía que no se puede sembrar si la tierra no está a punto; para hacer una buena siembra hay que pasearse por el campo y tocar las semillas con atención.
El cristiano no es un náufrago sin brújula, sino que sabe de dónde viene, a dónde va y cómo llegar; conoce el objetivo, los medios para ir y las dificultades. Tenerlo en cuenta nos ayudará a vigilar y a abrir la puerta cuando el Señor nos avise. La exhortación a la vigilancia y a la responsabilidad se repite con frecuencia en la predicación de Jesús por dos razones obvias: porque Jesús nos ama y nos “vela”; el que ama no se duerme. Y, porque el enemigo, el diablo, no para de tentarnos. El pensamiento del cielo y del infierno no podrá distraernos nunca de las obligaciones de la vida presente, pero es un pensamiento saludable y encarnado, y merece la felicitación del Señor: «Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!» (Lc 12,38). Jesús, ayúdame a vivir atento y vigilante cada día, amándote siempre.
domingo, 21 de octubre de 2007
EN LA NOCHE OSCURA DEL ALMA
Enviado el Sábado, 20 de Octubre del 2007 por gregor hill nos envió esto: " En el proceso del despertar de la conciencia, como en todas las iniciaciones, pasamos, por lo que algunos llaman, la noche oscura del alma. En mi caso lo llamaría atravesar un desierto. Como sea que lo llamemos, hemos dado un "salto al vacío".En este punto, sólo nos queda aferrarnos a nuestro centro, mantener el norte, aunque no sepamos cómo dirigirnos hacia él, y a pesar de nuestra angustia, dudas y miedos, sólo queda entregarse... morir a nuestros viejos esquemas; para así, permitir el florecimiento de lo nuevo. Al igual que en los procedimientos alquímicos, para que se dé la transmutación del metal, primero ha de pasar por la putrefacción.Pero, ¿cómo morir conscientemente?, ¿cómo entregarnos?, ¡ha de ser desde el corazón! Sin embargo ¿como llegar hasta él?. Se nos ha enseñado el camino de la mente, pero ¿y el del corazón?. Entre mas "pensemos ", más nos perdemos, quedando presos de nuestros miedos, a merced de la inercia, que intenta llevarnos a nuestro estado anterior "más cómodo, conocido y aparentemente seguro". Entonces, se desata una lucha interior. ¡Hay que dar el paso, y no sabemos cómo!. Al final, tras nadar en contra de la corriente, estamos agotados.El morir-renacer desde el corazón, es por el contrario un proceso fácil, no implica lucha sólo entrega..., no es resistencia, sino flexibilidad...sólo necesitamos ponernos de rodillas!.Hace falta mirarnos en nuestra justa dimensión, re-conocernos en nuestro dolor, sincerarnos con humildad y responsabilidad, permitir el desintegrarnos, llorar lo que sea necesario y sobretodo, ¡confiar!. El fuego del dolor, a la luz del amor, es la alquimia de la conciencia...Entonces con humildad "pido" , me "re-conozco", hago mi dolor "verbo". Y así, al pedir, me abro para recibir; Al "re-conocerme",me miro con sinceridad y humildad dejando a un lado el ego; parto de mi visión interior. Y a la luz de la sinceridad, que es verdad, y que parte de la mirada de un corazón humilde, responsable, Implico el reconocimiento vivo de mi propio ser. Consigo ascender del ego, del prejuicio, al Amor. A la aceptación sin condiciones. Al hacerlo "verbo", implico concientemente la energía de la inteligencia activa; el hombre que tras aceptar, opta y adopta una postura. "Éter alquímico", creatividad....y "el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…"".Solo nos queda "confiar", es decir volver al corazón. La confianza es intuición verdadera que nace de un corazón sereno.Por este medio, con cuidado y amor, descubriremos nuestra llama interna que ilumina "la noche oscura". Que es agua viva para atravesar el desierto; entonces, ya no caemos más al vacío, ¡ahora podemos volar!. El acero, se ha templado al fuego del dolor, para aportar nuestra propia nota a la sinfonía de la vida.(M.García)"
extraido de en paz.com
extraido de en paz.com
Rostros en la calle
Martin G.
Despierto en la mañana y los primeros rayos del sol iluminan mi rostro suavemente a través del follaje de los pinos afuera, y entre sus ramas veo por mi ventana el precioso azul del cielo; no puedo evitar pensar en mi corazón: “Que hermoso nuevo día para vivirlo ante la presencia de mi Dios”.Que alegría comenzar el día sabiendo que Dios me ama y que su presencia estará a mi lado en cada pensamiento, en cada lugar al que vaya, en cada situación en la que me encuentre, en cada dificultad y desafío al que deba hacer frente; que su protección me guardará cuando por horas estoy expuesto manejando por las calles de nuestras ciudades del Sur de California. Que motivación saber que estaré inspirado por Dios mientras haga mi trabajo; que tranquilidad saber que el mismísimo creador del universo y de todos nosotros es mi amigo y caminará conmigo todo este día, en cada pequeña detalle, llevándome hoy un peldaño más arriba en esta escalera de la vida.Pronto he de salir a la calle, y por la ventana de mi auto veré cientos de rostros. Los mismos que veo día tras día. Rostros de personas que no tienen este inmenso privilegio de conocer a Jesús; sin duda han escuchado de él, pero que están tan ocupadas corriendo de arriba para abajo como para ponerle siquiera un poquito de atención. Como dice la Biblia: “Solos y sin Dios en el mundo”. ¡Qué pensamiento tan triste!Rostros de hombres y mujeres, todos buscando desenfrenadamente cómo ganar unos dólares más, o cómo superar sus temores, o satisfacer sus deseos que nunca podrán ser satisfechos porque no los buscan del Unico que puede dar verdadera satisfacción.Rostros angustiados por un dolor, por una carga que no pueden sobrellevar solos, pero que bien podrían poner al cuidado de Dios, y él la llevaría por ellos hasta desaparecerla.Rostros de ancianos que han llegado al ocaso de su vida y que cuando miran hacia atrás, no ven sino dolor y equivocaciones, y comprenden que ya es casi demasiado tarde para crear un brillante y mejor futuro. Si en su escasa lucidez pudieran contemplar su presente, descubrirían que es tan vacío como todos los años pasados de oportunidades que malgastaron tras cosas vanas.Rostros de jóvenes estudiantes pensando cómo abordar su siguiente conquista, de la madre con sus niños rumbo a la escuela y preocupada de mil cosas, del trabajador con su lonchera rumbo a otro día de pesada rutina, del ejecutivo engrandecido ante sus propios ojos como un pequeño semi-dios por su traje nuevo y su lujoso carro, de la mujer angustiada porque su esposo no es lo que prometió ser, del hombre frustrado porque no encuentra lo que busca, de la muchacha envanecida y enamorada de sí misma, de niños que ni imaginan en su inocencia el camino tan equivocado por el que los llevan sus padres.Rostros y más rostros. Cientos y miles, pero todos tienen algo en común. Todos llevan la marca clara tras su dibujada apariencia, de estar muy ocupados en cosas urgentes, en un sinfín de problemas por resolver, de necesidades que saciar.Rostros de quienes olvidan lo único que es verdaderamente importante: Dios en el control de sus vidas. ¡Y qué diferencia esto haría!Un rostro así comenzaría el día elevando sus pensamientos al Dios de la vida; sería el rostro de alguien con la certeza de que todas sus cosas, todas sus ansiedades, todos sus problemas, todas sus preocupaciones, todos sus deseos, estarían ampliamente atendidos por quien sí tiene el poder para ocuparse de ellos, dejandote espacio para cosas mejores como soñar con un sueño que sí se cumplirá, ser feliz por el solo hecho de estar vivo, poder amar más allá de la familia y amigos, hallar como contribuír en la vida de los demás, estar agradecido por la oportunidad de un nuevo día.Ojalá tu tengas el rostro de aquel que supo buscar en el lugar correcto
Martin G.
Despierto en la mañana y los primeros rayos del sol iluminan mi rostro suavemente a través del follaje de los pinos afuera, y entre sus ramas veo por mi ventana el precioso azul del cielo; no puedo evitar pensar en mi corazón: “Que hermoso nuevo día para vivirlo ante la presencia de mi Dios”.Que alegría comenzar el día sabiendo que Dios me ama y que su presencia estará a mi lado en cada pensamiento, en cada lugar al que vaya, en cada situación en la que me encuentre, en cada dificultad y desafío al que deba hacer frente; que su protección me guardará cuando por horas estoy expuesto manejando por las calles de nuestras ciudades del Sur de California. Que motivación saber que estaré inspirado por Dios mientras haga mi trabajo; que tranquilidad saber que el mismísimo creador del universo y de todos nosotros es mi amigo y caminará conmigo todo este día, en cada pequeña detalle, llevándome hoy un peldaño más arriba en esta escalera de la vida.Pronto he de salir a la calle, y por la ventana de mi auto veré cientos de rostros. Los mismos que veo día tras día. Rostros de personas que no tienen este inmenso privilegio de conocer a Jesús; sin duda han escuchado de él, pero que están tan ocupadas corriendo de arriba para abajo como para ponerle siquiera un poquito de atención. Como dice la Biblia: “Solos y sin Dios en el mundo”. ¡Qué pensamiento tan triste!Rostros de hombres y mujeres, todos buscando desenfrenadamente cómo ganar unos dólares más, o cómo superar sus temores, o satisfacer sus deseos que nunca podrán ser satisfechos porque no los buscan del Unico que puede dar verdadera satisfacción.Rostros angustiados por un dolor, por una carga que no pueden sobrellevar solos, pero que bien podrían poner al cuidado de Dios, y él la llevaría por ellos hasta desaparecerla.Rostros de ancianos que han llegado al ocaso de su vida y que cuando miran hacia atrás, no ven sino dolor y equivocaciones, y comprenden que ya es casi demasiado tarde para crear un brillante y mejor futuro. Si en su escasa lucidez pudieran contemplar su presente, descubrirían que es tan vacío como todos los años pasados de oportunidades que malgastaron tras cosas vanas.Rostros de jóvenes estudiantes pensando cómo abordar su siguiente conquista, de la madre con sus niños rumbo a la escuela y preocupada de mil cosas, del trabajador con su lonchera rumbo a otro día de pesada rutina, del ejecutivo engrandecido ante sus propios ojos como un pequeño semi-dios por su traje nuevo y su lujoso carro, de la mujer angustiada porque su esposo no es lo que prometió ser, del hombre frustrado porque no encuentra lo que busca, de la muchacha envanecida y enamorada de sí misma, de niños que ni imaginan en su inocencia el camino tan equivocado por el que los llevan sus padres.Rostros y más rostros. Cientos y miles, pero todos tienen algo en común. Todos llevan la marca clara tras su dibujada apariencia, de estar muy ocupados en cosas urgentes, en un sinfín de problemas por resolver, de necesidades que saciar.Rostros de quienes olvidan lo único que es verdaderamente importante: Dios en el control de sus vidas. ¡Y qué diferencia esto haría!Un rostro así comenzaría el día elevando sus pensamientos al Dios de la vida; sería el rostro de alguien con la certeza de que todas sus cosas, todas sus ansiedades, todos sus problemas, todas sus preocupaciones, todos sus deseos, estarían ampliamente atendidos por quien sí tiene el poder para ocuparse de ellos, dejandote espacio para cosas mejores como soñar con un sueño que sí se cumplirá, ser feliz por el solo hecho de estar vivo, poder amar más allá de la familia y amigos, hallar como contribuír en la vida de los demás, estar agradecido por la oportunidad de un nuevo día.Ojalá tu tengas el rostro de aquel que supo buscar en el lugar correcto
LUNES 22 DE OCTUBRE
Día litúrgico: Lunes XXIX del tiempo Ordinario
Texto del Evangelio (Lc 12,13-21): En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».
Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».
Comentario: Fray Lluc Torcal (Monje de Poblet-Tarragona, España)
«La vida de uno no está asegurada por sus bienes»
Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?
Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).
Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).
Texto del Evangelio (Lc 12,13-21): En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».
Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».
Comentario: Fray Lluc Torcal (Monje de Poblet-Tarragona, España)
«La vida de uno no está asegurada por sus bienes»
Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?
Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).
Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).
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