viernes, 22 de febrero de 2008

COMENTARIO DE SACERDOTES JESUITAS

Encuentros con la Palabra
Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo A (Juan 1, 29-34) – 20 de enero de 2008
“Miren, éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

“Al día siguiente, Juan vio a Jesús, que se acercaba a él, y dijo: ‘¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Hablar de Jesús es algo que desgraciadamente hacemos poco o que no sabemos muy bien cómo hacer. Pienso en muchos misioneros de otras denominaciones cristianas, aunque hay que reconocer que tampoco faltan en la Iglesia católica, que van de puerta en puerta tratando de imponer a los demás la fe en el Señor Jesús; incluso, llegan a amenazar a las gentes que si no aceptan el mensaje de Jesús en sus vidas o si no acogen la salvación que ellos anuncian, se van a perder para siempre en el infierno. Pero de ahí a desear que otros conozcan su propuesta y a que, sin vergüenza ninguna, podamos anunciar su nombre a todos los que se cruzan en nuestro camino, hay una gran diferencia.

La verdad es que no me gusta mucho un estilo impositivo de evangelización y creo que a Dios tampoco le gusta… Muchos de nosotros sentimos fastidio frente a un talante impositivo y fanático del anuncio del Evangelio. Numerosos mensajes y doctrinas, actualmente, se están presentando al mundo como la única verdad, sin la cual no hay salvación posible para el género humano. Vivimos un tiempo de radicalismos y fanatismos religiosos que no se compadecen con el estilo de Dios. Por tanto, no se trata de ir por el mundo delirando, como quien ha perdido el juicio y llamando a las turbas a creer en un mensaje que nosotros, los iluminados y elegidos, les llevamos. Ese método no es el que ha elegido Dios para invitarnos a compartir su proyecto.

Juan el Bautista, señala al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” y reconoce que él mismo no sabía quién era, pero que el que lo envió a bautizar con agua le dijo: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo”; y termina diciendo: “Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”. Por tanto, una cosa es señalar y otra cosa es imponer, que es lo que mucha veces hacemos, convencidos de que si no lo ‘imponemos’, los demás se van a condenar por nuestra culpa. Pero nadie se salva por la fuerza.

Por otra parte, lo que señala Juan de Jesús es que ‘quita el pecado del mundo’ y por tanto, que ofrece ‘salvación’ por su propia entrega y no como una imposición doctrinal. Dios no salva imponiendo una doctrina, sino quitando el ‘pecado del mundo’, frase que repetimos tres veces siempre que vamos a comulgar… Por tanto, deberíamos preguntarnos hoy, al escuchar este texto del Evangelio, cuántas veces hemos hablado de Jesús, como el que salva, como el que nos ha salvado, como el que nos ha dado una vida nueva que nos alegramos de recibir y que es una muy buena noticia para nosotros y para los demás. Así sí deberíamos anunciarlo.

* Sacerdote jesuita, Director del Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios (CIRE)
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COMENTARIO DE SACERDOTES JESUITAS

Encuentros con la Palabra
El Bautismo del Señor – Ciclo A (Mateo 3, 13-17) – 13 de enero de 2008
“(…) es conveniente que cumplamos todo lo que es justo ante Dios”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

“Jesús fue de Galilea al río Jordán, donde estaba Juan, para que este lo bautizara”. Ver a Jesús, el autor del bautismo, pidiéndole a Juan que lo bautice, todavía hoy nos puede impresionar. Con este relato se abre el ministerio público de Jesús. Después de pasar muchos años en un completo anonimato en medio de su familia y de su pueblo, Jesús decide salir para comenzar a enfrentar su propia misión, y lo hace uniéndose a este movimiento de conversión que se suscitó al sur del país, liderado por Juan el Bautista. A partir de aquí, san Mateo comienza a presentar las acciones y los discursos de Jesús, que habían sido recogidos por la tradición que él recibió y de la cual fue testigo privilegiado.

No se trató solamente de un acto de humildad, como algunos comentadores suelen afirmar. En el gesto de unirse a la larga fila de pecadores públicos que buscaban en el bautismo de Juan un aliento para su camino, hay mucho más. Jesús mismo sentía la necesidad de un cambio de rumbo. El camino que llevaba su vida se iba agotando y tenía que abrirse a otros horizontes. Eso no significa que Jesús se sintiera pecador… para sentir la necesidad de cambio en la propia vida, no tenemos que estar, necesariamente, atrapado por el pecado. Muchas veces tendríamos que sentir una necesidad de cambio, una llamada a buscar nuevos caminos que despejen nuestras rutas de una cotidianidad que ha dejado de fluir al ritmo de Dios.

Mateo describe el momento del bautismo como un momento de confirmación, en la que Jesús recibe la fuerza del Espíritu de Dios, que bajó hasta él ‘como una paloma’. Y “se oyó una voz del cielo que decía: ‘Este es mi Hijo amado, a quien he elegido”. Tal vez ninguno de nosotros recuerde su propio bautismo, pero podemos estar seguros de que ese día también nosotros recibimos estos dos regalos de parte de Dios… En primer lugar, recibimos el Espíritu Santo de Dios… su fuerza nos acompaña a lo largo de nuestra vida y nos capacita para hacer presente a Dios en medio del mundo. Tal vez no seamos conscientes de ello, pero el bautismo de Jesús nos recuerda que el Espíritu de Dios habita en nosotros y que, a pesar de nuestra debilidad o nuestro pecado, Dios sigue luchando en nuestro interior por hacer de nosotros hijos e hijas en plenitud.

Por otra parte, esta fiesta del Bautismo es un momento para escuchar esa voz de Dios que hoy vuelve a decir de cada uno de nosotros: “Este es mi hijo/a amado/a, a quien he elegido”. Sentir esta predilección de Dios por la humanidad, y sentirnos elegidos y amados por Dios en este momento particular de nuestra historia, nos invita a tener confianza en él y a sobrellevar con paciencia las dificultades que nos presenta la vida. Estos dos regalos que recibe Jesús en su Bautismo, los recibimos también nosotros todos los días. Con ellos podemos enfrentar nuestro propio camino de crecimiento.

Podríamos preguntarle hoy al Señor, qué es lo que nos está pidiendo que cambiemos hoy en nuestra cotidianidad, cuando nos recuerda que hemos recibido el Espíritu Santo y cuando vuelve a recordarnos que somos amados y elegidos por Él para ser sus hijos. Con estos dos regalos, no hay dificultad ni reto que no podamos enfrentar y superar. Su amor y su gracia nos bastan, como termina la oración de ofrecimiento de Ignacio de Loyola.

* Sacerdote jesuita, Director del Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios (CIRE)
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COMENTARIOS DE SACERDOTES JESUITAS

Encuentros con la Palabra
La Epifanía del Señor – Ciclo A (Mateo 2, 1-12) – 6 de enero de 2008
“(…) hasta que por fin se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

“Jesús nació en Belén, un pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país”. La fiesta de la Epifanía, celebración del esplendor de una estrella que lleva la Buena Noticia de Jesús más allá de nuestras estrechas fronteras, nos presenta un texto evangélico que comienza por señalar a Belén como el pueblo en el que nace la salvación, regida por un monarca desacreditado y violento. Belén, efectivamente, como señala el Profeta Miqueas, es pequeña e insignificante, en el contexto geopolítico de la época: “En cuanto a ti, Belén de Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá un gobernante de Israel que desciende de una antigua familia” (Miq. 5, 2).

El resplandor universal de la salvación que Dios nos ha regalado en su Hijo hecho hombre en las entrañas de una virgen, necesita desposarse con la pequeñez de la mediación de unas coordenadas geopolíticas… Belén, en “la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país”. Así como los contemporáneos de Jesús despreciaban la insignificancia de aquella población de la región montañosa de Judá, nosotros hoy desdeñamos las mediaciones ordinarias en las que se sigue revelando, para todo el mundo, el mensaje de la salvación.

Lo que nos recuerda la Epifanía es que Dios tiene una capacidad infinita de entrega a los seres humanos, a toda persona humana y en todo momento; así ha sido a lo largo de toda la historia; Dios ha tratado y está tratando de construir al ser humano a su medida plena, a la medida de Dios mismo, pero se ha encontrado con la oposición libre y soberana del mismo hombre que, desde su pecado, no desde su debilidad, ha impedido la culminación definitiva de la obra de la salvación. Por eso Jesús es el "Primogénito de toda la creación" (Col. 1, 18), el primero en hacerse tan plenamente obediente a la acción de Dios en él, a la gracia regalada por Dios, que se hizo "Imagen de Dios invisible" (Ibíd.) y pudo decirle a Felipe "el que me ha visto a mi, ha visto al Padre" (Jn. 14, 9b).

Dios se ofrece a todos los hombres y mujeres, a todos los pueblos de la tierra, por igual desde el principio de los siglos hasta el final de los tiempos. Concebir a un Dios que le da unas cosas a unos y otras a otros parece imposible. En este sentido, no habría un 'pueblo elegido' de antemano por Dios, sino un pueblo que toma conciencia de la elección de Dios; no habría un 'predilecto' sino un ser humano que entiende cuál es la voluntad de Dios y la cumple, haciéndose siervo de los más pequeños. Esto fue lo que nos reveló Jesús; que Dios es un Padre para todos; un Padre que no ama a unos más que a otros y que busca siempre la salvación de todos sus hijos e hijas. Un Padre que "hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt. 5, 45b).

Desde aquí tenemos que sentirnos profundamente cercanos a Jesús y a toda persona humana; todos tenemos la misma vocación de alcanzar la vida divina por la gracia del mismo Dios; "En efecto, todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hacer gritar: ¡Abba!" (Rm. 8, 14-15). Esto fue lo profundamente revolucionario del mensaje de Jesús: declararse Hijo de Dios y abrir las puertas de la salvación y de la liberación para todos los cautivos; afirmar la paternidad universal de Dios fue dar la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos; allí estuvo la radical novedad de la Buena Nueva anunciada a los pobres (Cfr. Lc. 4, 18). Allí estuvo y allí está la novedad plena de su mensaje para toda la humanidad en sus diversas las culturas y religiones. Esto es Epifanía…

* Sacerdote jesuita, Director del Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios (CIRE)
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SWABADO 23 DE FEBRERO

Día litúrgico: Sábado II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 15,1-3.11-32): En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.
»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.
»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Comentario: Rev. D. Llucià Pou i Sabaté (Vic-Barcelona, España)
«Me levantaré, iré a mi padre y le diré: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti’»
Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el momento en que contemplamos una Humanidad “huérfana”, porque —desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de una hijo que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia... cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano, tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar... ¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco, sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.
Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre...
«Padre, he pecado» (cf. Lc 15,21), queremos decir también nosotros, y sentir el abrazo de Dios en el sacramento de la confesión, y participar en la fiesta de la Eucaristía: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,23-24). Así, ya que «Dios nos espera —¡cada día— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo pródigo» (San Josemaría), recorramos el camino con Jesús hacia el encuentro con el Padre, donde todo se aclara: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Concilio Vaticano II).
El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.

VIERNS 22 DE FEBRERO

Día litúrgico: 22 de Febrero: La Cátedra de san Pedro, apóstol

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19): En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Comentario: Rev. D. Antoni Carol i Hostench (Sant Cugat del Vallès-Barcelona, España)
«Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»
Hoy celebramos la Cátedra de san Pedro. Desde el siglo IV, con esta celebración se quiere destacar el hecho de que —como un don de Jesucristo para nosotros— el edificio de su Iglesia se apoya sobre el Príncipe de los Apóstoles, quien goza de una ayuda divina peculiar para realizar esa misión. Así lo manifestó el Señor en Cesarea de Filipo: «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). En efecto, «es escogido sólo Pedro para ser antepuesto a la vocación de todas las naciones, a todos los Apóstoles y a todos los padres de la Iglesia» (San León Magno).
Desde su inicio, la Iglesia se ha beneficiado del ministerio petrino de manera que san Pedro y sus sucesores han presidido la caridad, han sido fuente de unidad y, muy especialmente, han tenido la misión de confirmar en la verdad a sus hermanos.
Jesús, una vez resucitado, confirmó esta misión a Simón Pedro. Él, que profundamente arrepentido ya había llorado su triple negación ante Jesús, ahora hace una triple manifestación de amor: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17). Entonces, el Apóstol vio con consuelo cómo Jesucristo no se desdijo de él y, por tres veces, lo confirmó en el ministerio que antes le había sido anunciado: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,16.17).
Esta potestad no es por mérito propio, como tampoco lo fue la declaración de fe de Simón en Cesarea: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Sí, se trata de una autoridad con potestad suprema recibida para servir. Es por esto que el Romano Pontífice, cuando firma sus escritos, lo hace con el siguiente título honorífico: Servus servorum Dei.
Se trata, por tanto, de un poder para servir la causa de la unidad fundamentada sobre la verdad. Hagamos el propósito de rezar por el Sucesor de Pedro, de prestar atento obsequio a sus palabras y de agradecer a Dios este gran regalo.

JUEVES 21 DE FEBRERO

Día litúrgico: Jueves II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.
»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.
»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Comentario: Rev. D. Xavier Sobrevía i Vidal (Sant Boi de Llobregat-Barcelona, España)
«Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite»
Hoy, el Evangelio es una parábola que nos descubre las realidades del hombre después de la muerte. Jesús nos habla del premio o del castigo que tendremos según cómo nos hayamos comportado.
El contraste entre el rico y el pobre es muy fuerte. El lujo y la indiferencia del rico; la situación patética de Lázaro, con los perros que le lamen las úlceras (cf. Lc 16,19-21). Todo tiene un gran realismo que hace que entremos en escena.
Podemos pensar, ¿dónde estaría yo si fuera uno de los dos protagonistas de la parábola? Nuestra sociedad, constantemente, nos recuerda que hemos de vivir bien, con confort y bienestar, gozando y sin preocupaciones. Vivir para uno mismo, sin ocuparse de los demás, o preocupándonos justo lo necesario para que la conciencia quede tranquila, pero no por un sentido de justicia, amor o solidaridad.
Hoy se nos presenta la necesidad de escuchar a Dios en esta vida, de convertirnos en ella y aprovechar el tiempo que Él nos concede. Dios pide cuentas. En esta vida nos jugamos la vida.
Jesús deja clara la existencia del infierno y describe algunas de sus características: la pena que sufren los sentidos —«que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama» (Lc 16,24)— y su eternidad —«entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo» (Lc 16,26).
San Gregorio Magno nos dice que «todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse a causa de su ignorancia». Hay que despojarse del hombre viejo y ser libre para poder amar al prójimo. Hay que responder al sufrimiento de los pobres, de los enfermos, o de los abandonados. Sería bueno que recordáramos esta parábola con frecuencia para que nos haga más responsables de nuestra vida. A todos nos llega el momento de la muerte. Y hay que estar siempre preparados, porque un día seremos juzgados.

MIERCOLES 20 DE FEBRERO

Día litúrgico: Miércoles II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 20,17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Comentario: Rev. D. Francesc Jordana i Soler (Mirasol-Barcelona, España)
«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»
Hoy, la Iglesia —inspirada por el Espíritu Santo— nos propone en este tiempo de Cuaresma un texto en el que Jesús plantea a sus discípulos —y, por lo tanto, también a nosotros— un cambio de mentalidad. Jesús hoy voltea las visiones humanas y terrenales de sus discípulos y les abre un nuevo horizonte de comprensión sobre cuál ha de ser el estilo de vida de sus seguidores.
Nuestras inclinaciones naturales nos mueven al deseo de dominar las cosas y a las personas, mandar y dar órdenes, que se haga lo que a nosotros nos gusta, que la gente nos reconozca un status, una posición. Pues bien, el camino que Jesús nos propone es el opuesto: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). “Servidor”, “esclavo”: ¡no podemos quedarnos en el enunciado de las palabras!; las hemos escuchado cientos de veces, hemos de ser capaces de entrar en contacto con la realidad que significan, y confrontar dicha realidad con nuestras actitudes y comportamientos.
El Concilio Vaticano II ha afirmado que «el hombre adquiere su plenitud a través del servicio y la entrega a los demás». En este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. El hombre que no vive para servir no sirve para vivir. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo —el hombre plenamente hombre— pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).
Ser servidor, ser esclavo, tal y como nos lo pide Jesús es imposible para nosotros. Queda fuera del alcance de nuestra pobre voluntad: hemos de implorar, esperar y desear intensamente que se nos concedan esos dones. La Cuaresma y sus prácticas cuaresmales —ayuno, limosna y oración— nos recuerdan que para recibir esos dones nos debemos disponer adecuadamente.