Volverán las oscuras golondrinasen
tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día....
ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate,
¡así no te querrán!
Gustavo Adolfo Bécquer
domingo, 3 de junio de 2007
HOMBRES NECIOS (Juana Ines de la Cruz)
Hombres necios que acusáisa la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasiónde lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?
Combatís su resistenciay luego, con gravedad,
decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro que el que,
falto de consejo,él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana,pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,y la que es fácil enfada?
Mas, entre el enfado y la pena que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada:
la que cae de rogada,o el que ruega de caído?
¿O cuál es de más culpar,aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga o el que paga por pecar?
¿Pues, para qué os espantáis de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,y después, con más razón,
acusaréis la aficiónde la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia juntáis diablo, carne y mundo.
Sor Juana Inés de la Cruz
sin ver que sois la ocasiónde lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?
Combatís su resistenciay luego, con gravedad,
decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro que el que,
falto de consejo,él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana,pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,y la que es fácil enfada?
Mas, entre el enfado y la pena que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada:
la que cae de rogada,o el que ruega de caído?
¿O cuál es de más culpar,aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga o el que paga por pecar?
¿Pues, para qué os espantáis de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,y después, con más razón,
acusaréis la aficiónde la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia juntáis diablo, carne y mundo.
Sor Juana Inés de la Cruz
DOMINGO 3 DE JUNIO
Día litúrgico: La Santísima Trinidad (C)
Texto del Evangelio (Jn 16,12-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: ‘Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros’».
Comentario: Cardenal Jorge Mejía, Archivista y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana
«Cuando venga el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa»
Hoy celebramos la solemnidad del misterio que está en el centro de nuestra fe, del cual todo procede y al cual todo vuelve. El misterio de la unidad de Dios y, a la vez, de su subsistencia en tres Personas iguales y distintas. Padre, Hijo y Espíritu Santo: la unidad en la comunión y la comunión en la unidad. Conviene que los cristianos, en este gran día, seamos conscientes de que este misterio está presente en nuestras vidas: desde el Bautismo —que recibimos en nombre de la Santísima Trinidad— hasta nuestra participación en la Eucaristía, que se hace para gloria del Padre, por su Hijo Jesucristo, gracias al Espíritu Santo. Y es la señal por la cual nos reconocemos como cristianos: la señal de la Cruz en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La misión del Hijo, Jesucristo, consiste en la revelación de su Padre, del cual es la imagen perfecta, y en el don del Espíritu, también revelado por el Hijo. La lectura evangélica proclamada hoy nos lo muestra: el Hijo recibe todo del Padre en la perfecta unidad: «Todo lo que tiene el Padre es mío», y el Espíritu recibe lo que Él es, del Padre y del Hijo. «Por eso he dicho —dice Jesús— ‘recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros’» (Jn 16,15). Y en otro pasaje de este mismo discurso (15,26): «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí».
Aprendamos de esto la gran y consoladora verdad: la Trinidad Santísima, lejos de ponerse aparte, distante e inaccesible, viene a nosotros, habita en nosotros y nos transforma en interlocutores suyos. Y esto por medio del Espíritu, quien así nos guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). La incomparable “dignidad del cristiano”, de la cual habla varias veces san León el Grande, es ésta: poseer en sí el misterio de Dios y, entonces, tener ya, desde esta tierra, la propia “ciudadanía” en el cielo (cf. Flp 3,20), es decir, en el seno de la Trinidad Santísima.
Texto del Evangelio (Jn 16,12-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: ‘Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros’».
Comentario: Cardenal Jorge Mejía, Archivista y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana
«Cuando venga el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa»
Hoy celebramos la solemnidad del misterio que está en el centro de nuestra fe, del cual todo procede y al cual todo vuelve. El misterio de la unidad de Dios y, a la vez, de su subsistencia en tres Personas iguales y distintas. Padre, Hijo y Espíritu Santo: la unidad en la comunión y la comunión en la unidad. Conviene que los cristianos, en este gran día, seamos conscientes de que este misterio está presente en nuestras vidas: desde el Bautismo —que recibimos en nombre de la Santísima Trinidad— hasta nuestra participación en la Eucaristía, que se hace para gloria del Padre, por su Hijo Jesucristo, gracias al Espíritu Santo. Y es la señal por la cual nos reconocemos como cristianos: la señal de la Cruz en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La misión del Hijo, Jesucristo, consiste en la revelación de su Padre, del cual es la imagen perfecta, y en el don del Espíritu, también revelado por el Hijo. La lectura evangélica proclamada hoy nos lo muestra: el Hijo recibe todo del Padre en la perfecta unidad: «Todo lo que tiene el Padre es mío», y el Espíritu recibe lo que Él es, del Padre y del Hijo. «Por eso he dicho —dice Jesús— ‘recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros’» (Jn 16,15). Y en otro pasaje de este mismo discurso (15,26): «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí».
Aprendamos de esto la gran y consoladora verdad: la Trinidad Santísima, lejos de ponerse aparte, distante e inaccesible, viene a nosotros, habita en nosotros y nos transforma en interlocutores suyos. Y esto por medio del Espíritu, quien así nos guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). La incomparable “dignidad del cristiano”, de la cual habla varias veces san León el Grande, es ésta: poseer en sí el misterio de Dios y, entonces, tener ya, desde esta tierra, la propia “ciudadanía” en el cielo (cf. Flp 3,20), es decir, en el seno de la Trinidad Santísima.
LUNES 4 DE JUNIO
Día litúrgico: Lunes IX del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc 12,1-12): En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó.
»Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña.
»¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: ‘La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?’».
Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente— porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.
Comentario: Fr. Alphonse Diaz (Nairobi, Kenya)
«Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña»
Hoy, el Señor nos invita a pasear por su viña: «Un hombre plantó una viña (...) y la arrendó a unos labradores» (Mc 12,1). Todos somos arrendatarios de esa viña. La viña es nuestro propio espíritu, la Iglesia y el mundo entero. Dios quiere frutos de nosotros. Primero, nuestra santidad personal; luego, un constante apostolado entre nuestros amigos, a quienes nuestro ejemplo y nuestra palabra les anime a acercarse cada día más a Cristo; finalmente, el mundo, que se convertirá en un mejor sitio para vivir, si santificamos nuestro trabajo profesional, nuestras relaciones sociales y nuestro deber hacia el bien común.
¿Qué clase de arrendatarios somos? ¿De los que trabajan duro, o de los que se irritan cuando el dueño envía a sus siervos a cobrarnos el alquiler? Podemos oponernos a los que tienen la responsabilidad de ayudarnos a proporcionar los frutos que Dios espera de nosotros. Podemos poner objeciones a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia y del Papa, los obispos, o quizás, más modestamente, de nuestros padres, nuestro director espiritual, o de aquel buen amigo que está tratando de ayudarnos. Podemos, incluso, volvernos agresivos, y tratar de herirles o, hasta “matarlos” mediante nuestra crítica y comentarios negativos. Deberíamos examinarnos a nosotros mismos acerca de los motivos reales de dicha postura. Quizás necesitamos un conocimiento más profundo de nuestra fe; quizás debemos aprender a conocernos mejor, a efectuar un mejor examen de conciencia, para poder descubrir las razones por las que no queremos producir frutos.
Pidamos a Nuestra Madre María su ayuda para que podamos trabajar con amor, bajo la guía del Papa. Todos podemos ser “buenos pastores” y “pescadores” de hombres. «Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así este valle de lágrimas se transformará en jardín de Dios» (Benedicto XVI). Nosotros podríamos acercar a Jesucristo nuestro espíritu, el de nuestros amigos, o el del mundo entero, si tan sólo leyéramos y meditáramos las enseñanzas del Santo Padre, y tratásemos de ponerlas en práctica.
Texto del Evangelio (Mc 12,1-12): En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó.
»Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña.
»¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: ‘La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?’».
Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente— porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.
Comentario: Fr. Alphonse Diaz (Nairobi, Kenya)
«Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña»
Hoy, el Señor nos invita a pasear por su viña: «Un hombre plantó una viña (...) y la arrendó a unos labradores» (Mc 12,1). Todos somos arrendatarios de esa viña. La viña es nuestro propio espíritu, la Iglesia y el mundo entero. Dios quiere frutos de nosotros. Primero, nuestra santidad personal; luego, un constante apostolado entre nuestros amigos, a quienes nuestro ejemplo y nuestra palabra les anime a acercarse cada día más a Cristo; finalmente, el mundo, que se convertirá en un mejor sitio para vivir, si santificamos nuestro trabajo profesional, nuestras relaciones sociales y nuestro deber hacia el bien común.
¿Qué clase de arrendatarios somos? ¿De los que trabajan duro, o de los que se irritan cuando el dueño envía a sus siervos a cobrarnos el alquiler? Podemos oponernos a los que tienen la responsabilidad de ayudarnos a proporcionar los frutos que Dios espera de nosotros. Podemos poner objeciones a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia y del Papa, los obispos, o quizás, más modestamente, de nuestros padres, nuestro director espiritual, o de aquel buen amigo que está tratando de ayudarnos. Podemos, incluso, volvernos agresivos, y tratar de herirles o, hasta “matarlos” mediante nuestra crítica y comentarios negativos. Deberíamos examinarnos a nosotros mismos acerca de los motivos reales de dicha postura. Quizás necesitamos un conocimiento más profundo de nuestra fe; quizás debemos aprender a conocernos mejor, a efectuar un mejor examen de conciencia, para poder descubrir las razones por las que no queremos producir frutos.
Pidamos a Nuestra Madre María su ayuda para que podamos trabajar con amor, bajo la guía del Papa. Todos podemos ser “buenos pastores” y “pescadores” de hombres. «Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así este valle de lágrimas se transformará en jardín de Dios» (Benedicto XVI). Nosotros podríamos acercar a Jesucristo nuestro espíritu, el de nuestros amigos, o el del mundo entero, si tan sólo leyéramos y meditáramos las enseñanzas del Santo Padre, y tratásemos de ponerlas en práctica.
viernes, 1 de junio de 2007

Un Papa con rostro de padre
Aunque esperábamos la noticia de la muerte de Juan Pablo II de un momento a otro cuando finalmente se nos dio en la noche del sábado, la conmoción fue general, yo me atrevería a decir que universal.
Tengo que confesar que yo quedé como paralizada, como si me vaciaran por dentro, incapaz de reaccionar. La magnitud del hecho comprendo que me desbordaba en ese momento. Después, el rezo del rosario por el alma de nuestro Papa en el santuario de Schoenstatt y la eucaristía, que celebramos a continuación, poco a poco me ayudaron a ir ordenando mis reflexiones y recuerdos de vivencias pasadas cerca de él que se acumulaban en mi interior.
Si quisiera glosar en una palabra lo que este Papa ha sido para mí diría que un “padre” amantísimo, fuerte, audaz, valiente, absolutamente entregado a su tarea de confirmar a sus hijos y hermanos en la fe y sobre todo santo.
En las entrevistas que hacían los periodistas a personas escogidas al azar en la calle, pude comprobar como algunas de ellas lo describían espontáneamente con la misma palabra: “padre”. El domingo, después de asistir a una de las misas por el Papa en la Almudena, me acerque a la estatua de bronce del Papa que estaba rodeada de ramos de flores y personas que colocaban velas a sus pies. Pegadas a su pedestal había muchas cartas y breves mensajes todos ellos expresando un gran amor y cercanía familiar al Papa. Algunos se dirigían a él como a un padre muy querido del que se despedían con dolor y gozo a la vez. Por la letra se adivinaba que bastantes de estas cartas eran de niños y de gente sencilla que habían escrito lo que les salía del corazón. De nuevo, pensé, es a los pequeños a los que se les revela los secretos más hondos que se ocultan a los sabios y entendidos.
Ellos han entendido perfectamente que cada vez que el Papa se hincaba de rodillas delante del sagrario rezaba por todos y por cada uno en particular; que cuando sufría dolores físicos y morales era también por ellos que los ofrecía al Padre unidos a los de Cristo. Quiso compartir con todos los hombres de buena voluntad sus momentos de alegría y también su llanto y su dolor, su fe firme, su esperanza gozosa y sobre todo la persona de Jesús que llenaba su corazón. No quiso ocultarles nada del progresivo deterioro de su salud y quiso dejarse acompañar en lo que a cualquier ser humano cuesta tanto aceptar. Como cualquier padre de familia en el ocaso de su vida quiso en todo momento estar acompañado por los suyos y confiarse a sus cuidados y oración. Por eso ha sido el Papa y padre de todos.
Creo con certeza que lo que esta aflorando en muchos es quizás lo más hermoso y profundo que se puede decir de este Papa y que sin duda a él le llenará de felicidad: que le consideremos y recordemos como a un padre.
Juan Pablo II es efectivamente portador de una paternidad muy fecunda porque se identifico plenamente con Cristo perfecto en su humanidad por ser el Hijo de Dios. Por esto ha podido ser un reflejo de ese rostro misericordioso del Padre eterno del que tanta necesidad tiene el hombre de hoy. Sin duda no es una casualidad el que su muerte se haya producido cuando la Iglesia celebraba la fiesta de la Divina Misericordia, fiesta muy querida e instituida por él, preparada por una bellísima encíclica suya sobre el Padre rico en misericordia: ”Dives in Misericordia”.
En estos días en las múltiples biografías que hemos tenido ocasión de ver, me impactaba fuertemente las imágenes de la entrevista del Papa con Ali Agca, quien había intentado matarle el 13 de mayo de 1981 en la Plaza de S. Pedro. Era como una ilustración en vivo de la parábola del hijo prodigo. En el Papa que se inclinaba sobre su agresor quien en un susurro parecía confesarle su culpa y su arrepentimiento, la misericordia y el perdón de Dios parecían abrazar a toda la humanidad pecadora en ese hombre, acogiéndola de nuevo con inmensa alegría.
El amor del Padre misericordioso más fuerte que el pecado y la muerte, restaurador de toda dignidad humana, que revela al hombre la verdad sobre Dios y sobre sí mismo ha sido lo que incansablemente nos ha explicado Juan Pablo II con su palabra y con su testimonio de vida.
Lo que hemos visto y palpado en él es un amor inmenso por el hombre, por todo hombre de cualquier condición, y especialmente por los más débiles física, material o moralmente. Y como todos en realidad sentimos nuestra debilidad y limitación en uno o varios de estos aspectos, en él hemos podido amar y encontrar siempre al padre por el que clama nuestro corazón. En realidad es el Padre eterno, por el que hemos sido creados y al que estamos destinados, el que nos ha salido al encuentro en él. Todo eso tiene que ver con su profundo amor a María, la perfecta hija del Padre y discípula de Cristo que ha hecho de él otro Cristo. Le educo como hijo pequeño suyo y del Padre por eso su paternidad ha sido tan grande. Su identificación con Cristo le ha llevado hasta dejarse abrasar por el mismo fuego de amor por el Padre y por los hombres que consumía el corazón de su hijo Jesús.
Juan Pablo II ha sido un papa que nos ha amado con corazón de madre y como padre nos ha enseñado a vivir y a morir sin miedo, a enfrentar el mundo y sus desafíos con esperanza, a no desertar de nuestra misión de impregnar con el evangelio todas las realidades temporales y a creer que en Cristo la victoria sobre el mal y el maligno ya nos ha sido dada aunque todavía la lucha sea dura y larga. Esta es misión de padre y para un padre.
Para mí la razón de su increíble atractivo y magnetismo universal hay que verla en su paternidad sacerdotal carismática, verdadero regalo para muchos hombres huérfanos empeñados e permanecer lejos de la casa paterna y en dilapidar las propias vidas en lo que nunca podrá saciar la sed de verdadera felicidad y plenitud humana que hay en ellos. La paternidad de Juan Pablo II parece así haber sido hecha a la medida de esa enorme nostalgia de padre que habita en tantos corazones de nuestros contemporáneos.
Si de algo tiene necesidad el mundo hoy es de padres cercanos y cobijadores, pero que al mismo tiempo sean referentes claros, modelos a los que seguir que procuren una seguridad existencial a los que les han sido confiados. Padres generadores de vida en su más amplio sentido, que se atrevan a proponer los mas altos ideales como metas por las que vale la pena empeñarse, padres con convicciones firmes que interpelen y que sean capaces de promover la libertad y responsabilidad personal.
Todo esto y mucho más lo hemos encontrado en este Papa, en sus gestos, palabras, y sobre todo en su testimonio de vida, que ha sido su más elocuente y convincente predicación.
Termino con unas palabras de Jesús que pienso que Juan Pablo II podría hacer suyas: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn.14,8)
Creo que podemos decir que efectivamente en Juan Pablo II hemos conocido a un padre, que en la medida del don recibido y que es posible para un hombre, nos ha mostrado el rostro del Padre del cielo. Por ello debemos de estar inmensamente agradecidos a Dios que lo preparó y lo puso al frente de su Iglesia durante estos veintisiete años y a él, que se entrego fielmente y sin reservas, hasta el último aliento de su vida, a la tarea confiada.
¡Descansa en paz! Querido Juan Pablo “el Grande”, como ya te llaman, y no dejes de interceder por estos hijos tuyos que todavía peregrinamos en esta tierra hacia la Casa del Padre.
Mercedes Soto Falcó
Aunque esperábamos la noticia de la muerte de Juan Pablo II de un momento a otro cuando finalmente se nos dio en la noche del sábado, la conmoción fue general, yo me atrevería a decir que universal.
Tengo que confesar que yo quedé como paralizada, como si me vaciaran por dentro, incapaz de reaccionar. La magnitud del hecho comprendo que me desbordaba en ese momento. Después, el rezo del rosario por el alma de nuestro Papa en el santuario de Schoenstatt y la eucaristía, que celebramos a continuación, poco a poco me ayudaron a ir ordenando mis reflexiones y recuerdos de vivencias pasadas cerca de él que se acumulaban en mi interior.
Si quisiera glosar en una palabra lo que este Papa ha sido para mí diría que un “padre” amantísimo, fuerte, audaz, valiente, absolutamente entregado a su tarea de confirmar a sus hijos y hermanos en la fe y sobre todo santo.
En las entrevistas que hacían los periodistas a personas escogidas al azar en la calle, pude comprobar como algunas de ellas lo describían espontáneamente con la misma palabra: “padre”. El domingo, después de asistir a una de las misas por el Papa en la Almudena, me acerque a la estatua de bronce del Papa que estaba rodeada de ramos de flores y personas que colocaban velas a sus pies. Pegadas a su pedestal había muchas cartas y breves mensajes todos ellos expresando un gran amor y cercanía familiar al Papa. Algunos se dirigían a él como a un padre muy querido del que se despedían con dolor y gozo a la vez. Por la letra se adivinaba que bastantes de estas cartas eran de niños y de gente sencilla que habían escrito lo que les salía del corazón. De nuevo, pensé, es a los pequeños a los que se les revela los secretos más hondos que se ocultan a los sabios y entendidos.
Ellos han entendido perfectamente que cada vez que el Papa se hincaba de rodillas delante del sagrario rezaba por todos y por cada uno en particular; que cuando sufría dolores físicos y morales era también por ellos que los ofrecía al Padre unidos a los de Cristo. Quiso compartir con todos los hombres de buena voluntad sus momentos de alegría y también su llanto y su dolor, su fe firme, su esperanza gozosa y sobre todo la persona de Jesús que llenaba su corazón. No quiso ocultarles nada del progresivo deterioro de su salud y quiso dejarse acompañar en lo que a cualquier ser humano cuesta tanto aceptar. Como cualquier padre de familia en el ocaso de su vida quiso en todo momento estar acompañado por los suyos y confiarse a sus cuidados y oración. Por eso ha sido el Papa y padre de todos.
Creo con certeza que lo que esta aflorando en muchos es quizás lo más hermoso y profundo que se puede decir de este Papa y que sin duda a él le llenará de felicidad: que le consideremos y recordemos como a un padre.
Juan Pablo II es efectivamente portador de una paternidad muy fecunda porque se identifico plenamente con Cristo perfecto en su humanidad por ser el Hijo de Dios. Por esto ha podido ser un reflejo de ese rostro misericordioso del Padre eterno del que tanta necesidad tiene el hombre de hoy. Sin duda no es una casualidad el que su muerte se haya producido cuando la Iglesia celebraba la fiesta de la Divina Misericordia, fiesta muy querida e instituida por él, preparada por una bellísima encíclica suya sobre el Padre rico en misericordia: ”Dives in Misericordia”.
En estos días en las múltiples biografías que hemos tenido ocasión de ver, me impactaba fuertemente las imágenes de la entrevista del Papa con Ali Agca, quien había intentado matarle el 13 de mayo de 1981 en la Plaza de S. Pedro. Era como una ilustración en vivo de la parábola del hijo prodigo. En el Papa que se inclinaba sobre su agresor quien en un susurro parecía confesarle su culpa y su arrepentimiento, la misericordia y el perdón de Dios parecían abrazar a toda la humanidad pecadora en ese hombre, acogiéndola de nuevo con inmensa alegría.
El amor del Padre misericordioso más fuerte que el pecado y la muerte, restaurador de toda dignidad humana, que revela al hombre la verdad sobre Dios y sobre sí mismo ha sido lo que incansablemente nos ha explicado Juan Pablo II con su palabra y con su testimonio de vida.
Lo que hemos visto y palpado en él es un amor inmenso por el hombre, por todo hombre de cualquier condición, y especialmente por los más débiles física, material o moralmente. Y como todos en realidad sentimos nuestra debilidad y limitación en uno o varios de estos aspectos, en él hemos podido amar y encontrar siempre al padre por el que clama nuestro corazón. En realidad es el Padre eterno, por el que hemos sido creados y al que estamos destinados, el que nos ha salido al encuentro en él. Todo eso tiene que ver con su profundo amor a María, la perfecta hija del Padre y discípula de Cristo que ha hecho de él otro Cristo. Le educo como hijo pequeño suyo y del Padre por eso su paternidad ha sido tan grande. Su identificación con Cristo le ha llevado hasta dejarse abrasar por el mismo fuego de amor por el Padre y por los hombres que consumía el corazón de su hijo Jesús.
Juan Pablo II ha sido un papa que nos ha amado con corazón de madre y como padre nos ha enseñado a vivir y a morir sin miedo, a enfrentar el mundo y sus desafíos con esperanza, a no desertar de nuestra misión de impregnar con el evangelio todas las realidades temporales y a creer que en Cristo la victoria sobre el mal y el maligno ya nos ha sido dada aunque todavía la lucha sea dura y larga. Esta es misión de padre y para un padre.
Para mí la razón de su increíble atractivo y magnetismo universal hay que verla en su paternidad sacerdotal carismática, verdadero regalo para muchos hombres huérfanos empeñados e permanecer lejos de la casa paterna y en dilapidar las propias vidas en lo que nunca podrá saciar la sed de verdadera felicidad y plenitud humana que hay en ellos. La paternidad de Juan Pablo II parece así haber sido hecha a la medida de esa enorme nostalgia de padre que habita en tantos corazones de nuestros contemporáneos.
Si de algo tiene necesidad el mundo hoy es de padres cercanos y cobijadores, pero que al mismo tiempo sean referentes claros, modelos a los que seguir que procuren una seguridad existencial a los que les han sido confiados. Padres generadores de vida en su más amplio sentido, que se atrevan a proponer los mas altos ideales como metas por las que vale la pena empeñarse, padres con convicciones firmes que interpelen y que sean capaces de promover la libertad y responsabilidad personal.
Todo esto y mucho más lo hemos encontrado en este Papa, en sus gestos, palabras, y sobre todo en su testimonio de vida, que ha sido su más elocuente y convincente predicación.
Termino con unas palabras de Jesús que pienso que Juan Pablo II podría hacer suyas: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn.14,8)
Creo que podemos decir que efectivamente en Juan Pablo II hemos conocido a un padre, que en la medida del don recibido y que es posible para un hombre, nos ha mostrado el rostro del Padre del cielo. Por ello debemos de estar inmensamente agradecidos a Dios que lo preparó y lo puso al frente de su Iglesia durante estos veintisiete años y a él, que se entrego fielmente y sin reservas, hasta el último aliento de su vida, a la tarea confiada.
¡Descansa en paz! Querido Juan Pablo “el Grande”, como ya te llaman, y no dejes de interceder por estos hijos tuyos que todavía peregrinamos en esta tierra hacia la Casa del Padre.
Mercedes Soto Falcó
El gigante despierta y también nuestra conciencia de misión
Meses atrás, cuando este gobierno se quitaba la máscara del buen talante y el diálogo, dije que el Sr. Rodríguez Zapatero iba a conseguir lo que nadie en mucho tiempo había conseguido en España: Sacar de su estado sesteante al gigante del catolicismo español. El 18 de junio en Madrid, lo hemos podido comprobar en la multitudinaria manifestación en defensa de la familia, del matrimonio entendido como la unión estable de hombre y mujer y en contra de la adopción de niños por parejas del mismo sexo. Bien es verdad que, no sólo fuimos los católicos los que expresamos nuestro total desacuerdo con los proyectos de ley que se nos quieren imponer, sino que personas de otras confesiones se unieron a esta masiva protesta porque como decía el lema de la manifestación: “La Familia sí importa”. A todos nos importa protegerla, porque si ella se destruye y queda a merced de no sé que nuevos modelos inventados por algunos, las consecuencias para la sociedad serán catastróficas.
Es, pues un tema crucial por el que vale la pena luchar y, dado la sordera de nuestros gobernantes, por el que es necesario construir una unión entre todos los que pensamos de la misma manera para llevar a cabo una acción común para obligarles a escucharnos y consensuar las leyes en esta materia tan fundamental para el sano desarrollo de la vida de las personas y de las comunidades.
La experiencia de todos los que de alguna manera hemos podido participar en la organización de esta manifestación ha tenido este aspecto positivísimo y que ha dado un resultado espectacular: hemos aprendido a dejar de lado nuestro individualismo tan español y arrimar el hombro cada uno desde su sitio para una gran causa común.
Como schoenstattiana no he podido dejar de recordar nuestro tercer fin que nos viene de S. Vicente Palloti: La Confederación Apostólica Universal, es decir la unión de todas las fuerzas apostólicas de la Iglesia para afrontar el común desafío que significa la evangelización de las culturas de nuestro tiempo. Me parece haber vislumbrado en lo que acaba de ocurrir en España un atisbo de lo que el futuro nos reserva.
A Schoenstatt, y tenemos que estar absolutamente convencidos de ello, se le ha confiado desde nuestros santuarios, un papel principal en esta tarea de ser vínculo de unidad y ser alma de la Iglesia que peregrina unida a todos los hombres hacia el encuentro final con Cristo en la casa del Padre, ayudando a superar las rivalidades y particularismos que tanta fuerza apostólica nos han quitado a los cristianos a lo largo de la historia.
En el cuarto aniversario del Santuario de Serrano, bendijimos y colocamos en la Sala de Encuentro con el Padre Fundador, el cuadro de S. Vicente Pallotti. En nuestra mirada providencialista no existen las casualidades. Sin duda Dios y la Mater nos quieren regalar las gracias a través de su intercesión, para tomar conciencia de este tercer fin de nuestro Movimiento que siempre nos ha parecido un poco lejano e inalcanzable. Ahora tenemos sin duda la mejor ocasión para acercarnos a este gran santo, en tantas cosas precursor de Schoenstatt, e implorarle este espíritu de unidad y colaboración con los demás hermanos nuestros para llevar a cabo la misión de la Iglesia frente a las poderosas fuerzas descristianizadoras que están en marcha, no solo en España, sino en todo el Occidente cristiano. Como nos decían algunos de los que intervinieron en la manifestación del sábado, que nadie piense que hemos llegado a un final. La lucha no ha hecho mas que empezar y se necesita estar bien despierto.
Mercedes Soto
Meses atrás, cuando este gobierno se quitaba la máscara del buen talante y el diálogo, dije que el Sr. Rodríguez Zapatero iba a conseguir lo que nadie en mucho tiempo había conseguido en España: Sacar de su estado sesteante al gigante del catolicismo español. El 18 de junio en Madrid, lo hemos podido comprobar en la multitudinaria manifestación en defensa de la familia, del matrimonio entendido como la unión estable de hombre y mujer y en contra de la adopción de niños por parejas del mismo sexo. Bien es verdad que, no sólo fuimos los católicos los que expresamos nuestro total desacuerdo con los proyectos de ley que se nos quieren imponer, sino que personas de otras confesiones se unieron a esta masiva protesta porque como decía el lema de la manifestación: “La Familia sí importa”. A todos nos importa protegerla, porque si ella se destruye y queda a merced de no sé que nuevos modelos inventados por algunos, las consecuencias para la sociedad serán catastróficas.
Es, pues un tema crucial por el que vale la pena luchar y, dado la sordera de nuestros gobernantes, por el que es necesario construir una unión entre todos los que pensamos de la misma manera para llevar a cabo una acción común para obligarles a escucharnos y consensuar las leyes en esta materia tan fundamental para el sano desarrollo de la vida de las personas y de las comunidades.
La experiencia de todos los que de alguna manera hemos podido participar en la organización de esta manifestación ha tenido este aspecto positivísimo y que ha dado un resultado espectacular: hemos aprendido a dejar de lado nuestro individualismo tan español y arrimar el hombro cada uno desde su sitio para una gran causa común.
Como schoenstattiana no he podido dejar de recordar nuestro tercer fin que nos viene de S. Vicente Palloti: La Confederación Apostólica Universal, es decir la unión de todas las fuerzas apostólicas de la Iglesia para afrontar el común desafío que significa la evangelización de las culturas de nuestro tiempo. Me parece haber vislumbrado en lo que acaba de ocurrir en España un atisbo de lo que el futuro nos reserva.
A Schoenstatt, y tenemos que estar absolutamente convencidos de ello, se le ha confiado desde nuestros santuarios, un papel principal en esta tarea de ser vínculo de unidad y ser alma de la Iglesia que peregrina unida a todos los hombres hacia el encuentro final con Cristo en la casa del Padre, ayudando a superar las rivalidades y particularismos que tanta fuerza apostólica nos han quitado a los cristianos a lo largo de la historia.
En el cuarto aniversario del Santuario de Serrano, bendijimos y colocamos en la Sala de Encuentro con el Padre Fundador, el cuadro de S. Vicente Pallotti. En nuestra mirada providencialista no existen las casualidades. Sin duda Dios y la Mater nos quieren regalar las gracias a través de su intercesión, para tomar conciencia de este tercer fin de nuestro Movimiento que siempre nos ha parecido un poco lejano e inalcanzable. Ahora tenemos sin duda la mejor ocasión para acercarnos a este gran santo, en tantas cosas precursor de Schoenstatt, e implorarle este espíritu de unidad y colaboración con los demás hermanos nuestros para llevar a cabo la misión de la Iglesia frente a las poderosas fuerzas descristianizadoras que están en marcha, no solo en España, sino en todo el Occidente cristiano. Como nos decían algunos de los que intervinieron en la manifestación del sábado, que nadie piense que hemos llegado a un final. La lucha no ha hecho mas que empezar y se necesita estar bien despierto.
Mercedes Soto
La hermosa profesión de la Educación
Tengo una hija que acaba de acabar el colegio. Sus resultados finales han sido excelentes: matricula de honor en el Bachillerato y sobresaliente en la Selectividad.
Desde muy jovencita se veía en ella una especial capacidad para comunicarse con los niños, quienes en muy poco tiempo llegan literalmente a adorarla, hecho del que ella con el tiempo, se ha ido haciendo plenamente consciente. Llegado el momento, después de considerar otras posibilidades, ha decidido cursar los estudios de educación infantil y psicopedagogía.
Cuando personas de su entorno familiar y de amistades, adultos y jóvenes se han ido enterando de su decisión, no ha recibido mas que reproches e intentos de convencerla para que “no desperdiciara su talento” en algo de tan poca categoría y de tan poca retribución económica. Ella, que gracias a Dios tiene mucha personalidad, siempre les ha contestado lo mismo: “no me interesan ni la ingeniería, ni la economía, ni llegar a ser directora de un banco o empresa. Lo que quiero es dedicarme a lo que considero que es mi vocación: la educación de los más pequeños”.
En este sencillo ejemplo tenemos un exponente de la mentalidad que hoy en día impregna hasta a las mejores personas a la hora de enfocar el futuro de sus hijos: tienes talento, pues entonces estudia para ocupar un puesto en el que ganes mucho dinero y con el que vivas muy bien. Mentalidad acorde con el gran vacío espiritual y de valores que impera hoy.
Vivimos en sociedades en donde lo económico prima sobre cualquier cosa. Nada importa la vocación personal y menos una como esta que nunca esta lo suficientemente bien pagada, y que implica el sacrificio de uno mismo al servicio del crecimiento y maduración de la persona en todas sus dimensiones. La excelencia intelectual, se piensa, no puede “desperdiciarse” en una cosa así. Eso esta para los mediocres y los que no puedan hacer otra cosa. Esta forma de pensar me parece terriblemente materialista y ofensiva para nuestros profesores y educadores y no es de extrañar que estas personas que cumplen tan fundamental papel para el futuro de nuestras sociedades se sientan tan poco apoyadas por ellas. Los numerosos casos de enfermedades psicológicas en este colectivo muestran claramente la falta de estima y despreocupación hacia sus personas de su entorno social.
Hoy en día donde la educación es el gran problema y debate que tenemos planteado, no podemos seguir pensando que las personas más brillantes no pueden dedicarse a la educación. Precisamente en la actualidad necesitamos más que nunca buenos y muy bien formados profesores de una gran talla personal y espiritual, pues los problemas que tienen que afrontar en las aulas son gigantescos y cada vez más complejos. La omisión de la tarea educativa de los padres en casa, las consecuencias en niños y jóvenes, muchas veces dramáticas, de las cada vez más frecuentes rupturas familiares, la indisciplina, la violencia y el comienzo de las diversas adicciones en edades cada vez mas tempranas y la integración en las aulas del creciente número de hijos de emigrantes que en muchos casos no comparten nuestra misma cultura, constituye, entre otros, inmensos desafíos a la hora de educar hoy.
Ante estos retos, es un suicidio de nuestras sociedades el no tener en la más alta estima a cuantos hoy en día se dedican a la educación, el no trasmitirles el pleno apoyo y consideración a su profesión y el no agradecer profundamente a cuantos en su día decidieron y hoy todavía deciden dedicarse a la hermosa pero sacrificadísima profesión de la educación.
Mercedes Soto Falcó
Tengo una hija que acaba de acabar el colegio. Sus resultados finales han sido excelentes: matricula de honor en el Bachillerato y sobresaliente en la Selectividad.
Desde muy jovencita se veía en ella una especial capacidad para comunicarse con los niños, quienes en muy poco tiempo llegan literalmente a adorarla, hecho del que ella con el tiempo, se ha ido haciendo plenamente consciente. Llegado el momento, después de considerar otras posibilidades, ha decidido cursar los estudios de educación infantil y psicopedagogía.
Cuando personas de su entorno familiar y de amistades, adultos y jóvenes se han ido enterando de su decisión, no ha recibido mas que reproches e intentos de convencerla para que “no desperdiciara su talento” en algo de tan poca categoría y de tan poca retribución económica. Ella, que gracias a Dios tiene mucha personalidad, siempre les ha contestado lo mismo: “no me interesan ni la ingeniería, ni la economía, ni llegar a ser directora de un banco o empresa. Lo que quiero es dedicarme a lo que considero que es mi vocación: la educación de los más pequeños”.
En este sencillo ejemplo tenemos un exponente de la mentalidad que hoy en día impregna hasta a las mejores personas a la hora de enfocar el futuro de sus hijos: tienes talento, pues entonces estudia para ocupar un puesto en el que ganes mucho dinero y con el que vivas muy bien. Mentalidad acorde con el gran vacío espiritual y de valores que impera hoy.
Vivimos en sociedades en donde lo económico prima sobre cualquier cosa. Nada importa la vocación personal y menos una como esta que nunca esta lo suficientemente bien pagada, y que implica el sacrificio de uno mismo al servicio del crecimiento y maduración de la persona en todas sus dimensiones. La excelencia intelectual, se piensa, no puede “desperdiciarse” en una cosa así. Eso esta para los mediocres y los que no puedan hacer otra cosa. Esta forma de pensar me parece terriblemente materialista y ofensiva para nuestros profesores y educadores y no es de extrañar que estas personas que cumplen tan fundamental papel para el futuro de nuestras sociedades se sientan tan poco apoyadas por ellas. Los numerosos casos de enfermedades psicológicas en este colectivo muestran claramente la falta de estima y despreocupación hacia sus personas de su entorno social.
Hoy en día donde la educación es el gran problema y debate que tenemos planteado, no podemos seguir pensando que las personas más brillantes no pueden dedicarse a la educación. Precisamente en la actualidad necesitamos más que nunca buenos y muy bien formados profesores de una gran talla personal y espiritual, pues los problemas que tienen que afrontar en las aulas son gigantescos y cada vez más complejos. La omisión de la tarea educativa de los padres en casa, las consecuencias en niños y jóvenes, muchas veces dramáticas, de las cada vez más frecuentes rupturas familiares, la indisciplina, la violencia y el comienzo de las diversas adicciones en edades cada vez mas tempranas y la integración en las aulas del creciente número de hijos de emigrantes que en muchos casos no comparten nuestra misma cultura, constituye, entre otros, inmensos desafíos a la hora de educar hoy.
Ante estos retos, es un suicidio de nuestras sociedades el no tener en la más alta estima a cuantos hoy en día se dedican a la educación, el no trasmitirles el pleno apoyo y consideración a su profesión y el no agradecer profundamente a cuantos en su día decidieron y hoy todavía deciden dedicarse a la hermosa pero sacrificadísima profesión de la educación.
Mercedes Soto Falcó
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